Por Alejandro Borensztein.

Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio

Publicado por Fernando Menazzi bajo el comentario: BRILLANTE, DEBERÍA SER DE LECTURA OBLIGATORIA PARA JÓVENES/AS, PAPANATAS DE VARIADOS TIPOS Y EDADES Y PARA TODOS LOS COMPRADORES DE RELATOS MENTIROSOS. Nos adherimos
lunes, 13 de diciembre de 2021 · 09:26

Cuando Máximo usaba pañales:

Mientras los miembros de la CONADEP, los jueces, los fiscales y las víctimas que testificaban en las narices de los jerarcas del Proceso se jugaban la vida, los Kirchner no pasaron por allí ni para llevar sandwichitos de miga.

Asumiendo que a Máximo Kirchner ya le contaron la verdad sobre Papá Noel, Reyes Magos y Hotesur, y viendo el acto del viernes en Plaza de Mayo, no queda más remedio que contarle ahora sobre los Kirchner y su compromiso con los Derechos Humanos.

Es un poco doloroso porque significa tirar abajo un cuento chino construido con tanto esfuerzo por parte de Néstor, Cristina y otros ejecutivos del hotel. Pero si queremos que Máximo y La Cámpora algún día tengan la lapicera (y la mamá la entregue con tinta, no como ahora), no podemos seguir permitiendo que cada vez que llega el 10 de diciembre confundan la recuperación de la democracia en 1983 con la llegada del kirchnerismo en 2003. Y mucho menos aún, que los colosos de la década ganada se sigan presentando como campeones de los DDHH. Al igual que la de Melchor, Gaspar y Baltazar, la historia de los Kirchner no es la que les contaron cuando eran chicos. Veamos.

Seguramente el 2 de abril de 1982 los Kirchner estarían en su casa indignados por la locura de Galtieri. Posiblemente ambos querían denunciar que todo fue planeado para tapar las atrocidades del régimen militar. Sin embargo, no hay pruebas de que pensaran así. Sólo tenemos la foto del 7 de abril de 1982 donde vemos a Néstor Kirchner junto al General Guerrero, jefe de la Brigada XI de Infantería con base en Río Gallegos, expresándole su apoyo al delirio de Galtieri.

A favor de los Kirchner, digamos que no fueron lo únicos cómplices. Lo mismo hizo el resto de la dirigencia política, sindical y empresaria de aquel tiempo. De hecho, todos viajaron a Malvinas para apoyar al General Menéndez cuando asumió como nuevo gobernador de las islas. Todos menos uno: Raúl Alfonsín.

Mientras los jefes del PJ, la UCR, la CGT y demás dirigentes se sacaban la foto en Puerto Argentino, Don Raúl publicaba una histórica carta en la que denunciaba la maniobra de los jefes del Proceso para distraer al país de la tragedia en la que vivíamos. Ese documento fue el puntapié inicial de la epopeya alfonsinista, que terminaría logrando la restauración de la democracia en la Argentina y luego en toda Latinoamérica.

Mientras el abogado Alfonsín defendía presos políticos, los doctores Kirchner ni defendían presos políticos ni presentaban hábeas corpus por desaparecidos ni nada. Estaban demasiado ocupados ejecutando deudores hipotecarios y no tenían tiempo para dedicarse a esos asuntos menores que además no les iban a dejar un sope.

Tras el fracaso de Galtieri, el Proceso Militar no tuvo más opción que convocar a elecciones para 1983. Si bien hubo muchos candidatos, las fuerzas principales fueron dos. La favorita, mayormente peronista, era el equivalente a lo que hoy llamamos Frente de Todos, con Ítalo Luder a la cabeza. La otra fuerza, digamos el Juntos por el Cambio de aquella época, fue liderada por Raúl Alfonsín.

Párrafo aparte: basta con medir la distancia entre los estadistas de entonces y los genios de ahora para tener la verdadera dimensión de cuánto nos fuimos al carajo.

Previo a las elecciones, los militares se habían dictado una autoamnistía para evitarse problemas con lo que ellos denominaban “excesos en la lucha contra la subversión”. Luder y el Frente de Todos del 83 aceptaron la autoamnistía, o sea el perdón. O para decirlo más duramente, la impunidad. En cambio Alfonsín, no solo no aceptó la autoamnistía sino que denunció un pacto militar-sindical para archivar las violaciones a los DDHH.

¿De qué lado estaban Néstor y Cristina? Del lado incorrecto, como siempre. Por mucho que les duela reconocerlo, sin querer queriendo, fueron detrás de Luder a garantizar la impunidad de los genocidas.

Por suerte ganó Alfonsín, derogó la autoamnistía militar y creó la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) que fue ninguneada por el peronismo. La presidió Ernesto Sábato quien luego escribió el prólogo del informe final entregado a Don Raúl con los testimonios de las víctimas.

Veinte años después, en 2006, Kirchner mandaría a rehacer ese prólogo porque no le gustó cómo lo había escrito Sábato que venía de obtener el premio Cervantes, máximo galardón literario de habla hispana. Antes de él, solo un argentino lo había ganado: Borges en 1979. A Néstor no lo quisieron premiar. Aunque parezca mentira, esto también es rigurosamente cierto.

Entre los 19 miembros de la CONADEP se destacaron dos mujeres: Magdalena Ruíz Guiñazú y Graciela Fernández Meijide. Dos próceres de este país a las que hoy el kirchnerismo denomina “la derecha”.

El informe de la CONADEP sirvió como base para el Juicio a las Juntas. El fiscal que acusó a los militares fue Julio Cesar Strassera y su alegato final pasó a la historia: "Señores jueces, quiero utilizar una frase que pertenece ya a todo el pueblo argentino, Nunca Más" (septiembre de 1985).

Veinticinco años después, el 23 de septiembre de 2010, el actual ministro Aníbal Fernández tuiteó: “El fiscal Strassera es un impresentable aunque le hagan una casa con forma de desagravio”. El comentario vino a cuento de que Cristina había cuestionado a Strassera y, obviamente, todo Occidente salió a defenderlo y desagraviarlo.

Cabe decir que en aquellos años ‘80, mientras los miembros de la CONADEP, los jueces, los fiscales y las víctimas que testificaban en las narices de los jerarcas del Proceso se jugaban la vida, los Kirchner no pasaron por allí ni para llevar sandwichitos de miga. ¿Estarían en Disney? No. Todavía no había llegado el uno a uno de Cavallo que ellos también apoyaron con todas sus fuerzas y gracias al cual viajaron varias veces a entrevistarse con el Ratón Mickey.

Antes del uno a uno vino el indulto. ¿Qué fue el indulto? A finales de 1990, la versión noventosa del Frente de Todos decidió indultar a los genocidas condenados por la justicia durante el gobierno de Alfonsín. De ese gobierno neoliberal del Frente de Todos participaban todos: Néstor, Cristina, Parrilli, Alberto, Aníbal, Scioli, Solá, en fin, todos son todos, en las buenas y en las malas.

¿Podemos imaginar a los Kirchner encadenados a las columnas de Tribunales protestando por los indultos? En tren de imaginar podemos imaginar cualquier cosa. Pero no pasó. Siguieron aplaudiendo como si nada. Luego con el tiempo, los aplaudirían a ellos. Hay que reconocer que, en el Frente de Todos, el tema de los aplaudidores tiene una larga tradición.

Quizás fue la culpa por la falta de compromiso con los DDHH o la simple conveniencia política lo que llevó a los Kirchner a su nueva etapa falsoprogresista, cuyo momento clave fue el discurso de Néstor en la ESMA (24 de marzo de 2004) cuando fundó el relato kirchnerista con la siguiente frase: “Vengo a pedir perdón en nombre del Estado Nacional por la vergüenza de haber callado durante 20 años de democracia por tantas atrocidades” (textual).

O sea que en un segundo, Néstor se cagó en el Juicio a las Juntas, los jueces, los fiscales, la CONADEP, Sábato, los testimonios y en el mismísimo Raúl Alfonsín, y armó el cuento chino de que el Estado Nacional nunca había hecho nada en materia de DDHH hasta que llegaron ellos, los fabulosos Kirchner. Lo más genial es que miles de jóvenes se lo creyeron. Algún día contaremos lo que le contestó Don Raúl.

A esta historia deberíamos agregarle que, cuando Alberto y Cristina se niegan hoy a denunciar las violaciones a los DDHH en Venezuela o Nicaragua con la excusa de la “no injerencia”, se olvidan de que gracias a las denuncias de EEUU (Jimmy Carter y Patricia Derian) y de muchos países europeos, el mundo conoció los horrores del Proceso y miles de detenidos fueron rescatados por la “injerencia” de esos gobiernos.

Dejemos para otro día los oscuros pasados de Zaffaroni, Verbistky y la alianza política en el año 2000 de Alberto Fernández con Elena Cruz, reconocida negacionista y reivindicadora de Videla. Evitémoslo para que no se nos deprima la militancia.

Si queremos un país mejor, es hora de que Máximo y sus genios para la liberación sepan la verdad. Ya sea sobre Papá Noel o sobre papá, mamá y los DDHH, por muy duro y triste que sea.

Ya lo dijo Serrat: nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.

Alejandro  Borensztein.

 

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